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Archivo Parroquial • Santa Eulalia de Losón

El Relato de las Apariciones

Transcripción fiel del documento histórico que custodia la memoria, el milagro y la devoción mariana en el monte Carrio desde hace siglos.

A mediados del siglo VIII, vivía en la falda del Monte Carrio, al este del desierto de Carboeiro, un ermitaño que predicaba y fomentaba por toda la comarca el culto de la Virgen María. Su vida de austeridad y penitencia era objeto de curiosidad y religioso respeto por parte de los vecinos de aquellos contornos. Su morada era constantemente visitada por los vecinos, los cuales anhelaban ver al “santo”, oírlo y beber de sus labios la verdad, las palabras de virtud milagrosa que infunden fuerza contra los espíritus malignos.

Habiendo muerto el eremita, los vecinos hallaron su cuerpo incorrupto en su gruta y, a fin de perpetuar su memoria, determinaron edificar una capilla con la advocación de San Adrián, en el mismo lugar donde había vivido y se hallaba su cuerpo, dándose ya, desde entonces, el nombre de “O Corpiño” a la tumba de aquel santo varón, denominación que bien pronto extendió el pueblo a toda aquella comarca.

Por aquellos tiempos tuvo lugar la invasión de los sarracenos y, con los trastornos del batallar continuo y las mudanzas de la nueva dominación, la capilla quedó arruinada.
01

La luz en la tormenta (Siglo XII)

A mediados del siglo XII, un día del mes de junio, grandes nubarrones en forma de castillos de fuego rodearon el horizonte y, condensándose rugientes, ocultaron la luz del sol anticipando la noche. Unos pastores de San Pedro de Losón, sobrecogidos de miedo por los truenos y relámpagos, buscaron refugio en la arruinada capilla de O Corpiño, lugar que escogían a menudo para sus juegos.

“Al penetrar en ella se encontraron de improviso bañados de una luz misteriosa y, en medio de aquellos resplandores, vieron una imagen de la Virgen con el Niño Jesús en el brazo izquierdo y un ramillete de flores en la mano derecha.”

Acurrucados en una esquina, ven cómo la Hermosa Señora, envuelta en luz radiante y llena de celestial hermosura, se les acerca sonriente y les dice que hagan la Señal de la Cruz. Ellos se santiguan y la tempestad se calma al instante. Pasaron hasta muy entrada la noche absortos en la contemplación de aquella imagen risueña que los atraía con la dulzura de sus miradas.

02

La obstinación de la inocencia

Al regresar tarde, sus padres los reprendieron agriamente. Los niños volvieron al amanecer siguiente abandonando de nuevo los ganados. Viendo sus padres que las amonestaciones no producían efecto, los castigaron severamente, creyendo que sus relatos eran solo pretextos para ocultar travesuras.

Al tercer día, desoyendo las prevenciones, concurrieron de nuevo a prestar adoración a la soberana Reina. No pudiendo los familiares comprender tanta obstinación en aquellos inocentes, determinaron prestar atención a sus relatos, especialmente al de dos niñas que decían: “En el mismo monte hemos visto nosotras a esa Señora y nos habló con mucho cariño”. Tampoco esta vez merecieron fe y les azotaron cruelmente, lo cual no impidió que al otro día volvieran al pueblo contando las maravillas que tenían lugar en aquel recinto.

El testimonio de los mayores

Determinaron seguirles y observarles de lejos. Al llegar, quedaron atónitos y maravillados de los vivos resplandores que alumbraban como un nuevo sol aquellas montañas. Repetidas las observaciones en las noches siguientes, su admiración aumentaba al encontrarse bañados por aquella claridad sorprendente que envolvía la capilla del Santo Ermitaño. Por fin, ya no dudaron los vecinos que todo aquello era obra de Dios.

03

La Rogativa del 24 de Junio

Pusieron todo en conocimiento del párroco, quien tampoco tenía el ánimo dispuesto a creer. Por ello, reunió a los feligreses más probos, entre ellos una anciana que gozaba fama de muy devota. Esta, después de recibir la Sagrada Eucaristía, se fue a la ermita y, haciendo oración, se le apareció la Virgen con el Niño y el ramillete de flores.

Lena de gozo, dio cuenta al párroco. En esta ocasión, el cura en persona, acompañado de un gran gentío, fue al lugar de la ermita en solemne rogativa desde la iglesia de San Pedro de Losón.

El 24 de Junio • La Última Aparición

Se realizó una nueva y última aparición de Nuestra Señora a presencia de todo el pueblo que, postrado en tierra, prorrumpió en llanto de gratitud y amor a la Emperatriz de los Cielos, que desapareció confundiéndose con la atmósfera, a la manera que en el aire se engendra una nube o se disuelve en tiempo de verano.